Gracias a sus abuelas, Xesampual tiene agua para beber

11 abril 2022

En el día mundial del agua, Ojoconmipisto reportó sobre proyectos de abastecimiento liderados por mujeres en Sololá. Esta historia es la continuación (aunque en realidad es el origen).

El proyecto liderado por mujeres abastece a 81 familias en Xesampual. Foto: AECID.

Por Carmen Maldonado Valle

Un paraje es “un sitio en el campo, aislado y singular”. Esa definición se ajusta a Xesampual, una comunidad con 1 mil 200 habitantes ubicada en Santa Lucía Utatlán, Sololá. Por estos días las postales del lugar muestran árboles de distintos tonos y milpa amarilla lista para cosecha, pero no siempre fue así, porque hace 18 años no había agua para los sembradíos. Menos para las personas.

Hasta 2004, Xesampual tenía chorros compartidos por las familias para abastecerse, pero estos solo funcionaban dos o tres días a la semana, cuenta Candelaria Chay, una de las habitantes. En ese entonces, ellas guardaban el agua en recipientes, pero no siempre lo lograban porque esta a veces llegaba durante la madrugada. Si eso sucedía, la ropa y los platos sucios se quedaban en un rincón, porque los pocos recursos existentes se usaban para beber y bañarse.

Los conflictos empezaron por la escasez. “Hasta que un día “me paré y les dije a mis vecinas: nosotras podemos. Nos encargábamos de la cocina, la limpieza y los niños, y eso era un gran trabajo, ¿cómo no íbamos a poder conseguir agua? Planeamos un proyecto liderado solo por mujeres”, recuerda Chay.

Tía Cande

Candelaria Chay tiene 56 años, es originaria de Suchitepéquez y sus sobrinas sonríen cuando hablan de ella, la “tía Cande”. Ocho años después de casarse se mudó a Sololá de donde es originario su esposo, y así llegó a Xesampual, la comunidad donde crió a sus tres hijos y ahora ve crecer a sus cinco nietos. Desde entonces, dice, vela por su casa y por el desarrollo.

Cuando no tenía agua, acudía a las fuentes naturales y regresaba a casa con la espalda recta para balancear dos tinajas en los brazos y una sobre su cabeza. Por seguridad, trataba de ir acompañada. En 2004 empezó a motivarlas a sus vecinas para buscar un modo de abastecerse y así logró el apoyo de 23 mujeres.

Encontraron un terreno de donde brotaba el agua, entonces acudieron a la municipalidad para pedirle fondos y así comprarlo. Las tierras costaban Q10 mil y eso superaba el presupuesto de todas juntas, pero convencieron a la alcaldía para que aportara Q7 mil, mientras ellas dieron en partes iguales el resto. Compraron el inmueble y lo registraron a nombre de todas.

“Nadie creía en nosotras porque los hombres se ocupaban de todo. De hecho, las mujeres no creían en sí mismas y por eso fuimos tan pocas”, cuenta Chay. Tras la adquisición, acudieron a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y a la Mancomunidad Tz’olojyá para instalar un sistema de bombeo con el cual distribuir agua hasta las casas. “Pero no llenábamos los requisitos porque éramos pocas familias y el proyecto era muy caro (al menos Q3 millones). Estas instituciones requerían involucrar a más personas para que la inversión valiera la pena, entonces pasamos seis o siete años en trámites”, recuerda.

Cuando obtuvieron la aprobación de AECID y Manctzolojyá, empezaron las inspecciones en el terreno, luego la construcción de las estructuras y para 2015 estaba listo. En las normas se estableció la obligación de todos los vecinos de involucrarse en la limpieza y revisión de los tanques, la creación de un comité de agua (el cual debe presidir una mujer un año y un hombre el siguiente), y la responsabilidad de hacer sostenible el recurso a través de la siembra de árboles para captación, el aprovechamiento de la lluvia y la reutilización del agua.

Candelaria Say en la entrada del paraje. Foto: AECID.

Xaq ixoqiib

El proyecto funcionaría, pero otra de las reglas para lograrlo era pagar por Q2.50 por cada metro cuadrado de agua consumido, lo cual se registra a través de medidores en los hogares. No todos los vecinos estaban de acuerdo. Unos se enojaban, otros hablaban mal de esta iniciativa y hubo quien les dijio Xaq ixoqiib.

No hay una traducción exacta para esta frase en k’iche’ (el idioma que hablan en Santa Lucía Utatlán), pero significa algo como “las mujeres no pueden”.

Con los años la frase quedó como anécdota porque más personas se involucraron y ahora se abastece a 81 familias que tienen trampas de grasa en sus casas para dar un tratamiento primario a las aguas residuales. El comité mide cada mes cuánto consumió cada familia y usa el dinero recaudado para mantener el sistema, además de cobrar Q10, los cuales ahorran en caso de necesitar cambios en las piezas.

La iniciativa no solo trajo agua sino ademá alfabetización. Cuando todo inició, cuatro de cada diez mujeres en el lugar no sabían leer ni escribir. Sin embargo, para gestionar sus tareas en el comité, las cuentas y la elaboración de actas este era un requisito indispensable. Para remediarlo, impartieron cursos a las vecinas y en unos meses 100 mujeres aprendieron a leer, según AECID. Así tuvieron peso en la toma de decisiones y al participar en las reuniones comunitarias comenzó a tomarse en cuenta su voto.

Gloria Chávez es una de las 23 mujeres involucradas en la iniciativa de abastecimiento de agua a inicios de los 2000. Foto: Sindy Can.

Sindy Can

El liderazgo de las mujeres no paró en 2004 ni en 2015. Pasó de las ahora abuelas a las siguientes generaciones y así fue como Sindy Can se convirtió en la primera  presidenta del comité de agua en Xesampual.

Sindy tiene 32 años, es bachiller, está casada y tiene dos hijas de cinco y diez años. Tiene cinco hermanas, todas estudiaron y ahora tienen trabajos a tiempo completo: dos son amas de casa, dos son maestras y una tiene un doctorado en Lingüística. Cuando eran pequeñas, los habitantes cuestionaban a su papá por enviarlas al colegio si “no tenía sentido”. Xaq ixoqiib’. “Él no les hizo caso y siempre confió en nuestro potencial. Dejó a mi hermana irse a estudiar y cuando regresaba y contaba sobre la universidad, yo me ilusionaba. Leía sus libros, su tesis, y  descubrí el amor por la gramática”, cuenta Can. “Nunca nos faltó el conocimiento, pero de niñas sí tuvimos algunas privaciones, como el agua. Íbamos a la escuela, almorzábamos y luego salíamos en grupo a llenar las tinajas al río. Era el requisito para salir a jugar”, cuenta.

Sindy Can, la primera mujer en presidir el comité de agua de Xesampual. Foto: Sindy Can.

Para ella, “tía Cande” y “tía Gloria”, ambas en el grupo precursor del agua, eran un ejemplo y la animaban a trabajar por sus metas. Así, un día vio un anuncio de la Universidad del Valle, donde se requería a una persona que hablara k’iche’ y tuviera estudios universitarios para liderar un proyecto de idiomas mayas en Sololá.

“Yo no pude estudiar la licenciatura porque debía migrar a la capital, pero sabía el idioma, tenía el empeño y la capacidad para aprender y enseñar. Me postulé para el empleo y lo obtuve”. Su jornada laboral consistía en viajar a escuelas en el departamento para evaluar cómo hablaban k’iche’ niños de cinco y seis años, así como su aprendizaje. Estos datos se recopilaban para investigación.

También empezó a tomar cursos de lingüística y la contrataron para enseñar k’iche’ a alumnos extranjeros de visita en Guatemala, pero este programa se suspendió desde la llegada de la pandemia. Después ocho meses sin empleo, llegó la oportunidad de presidir el comité de agua y se dedicó por completo a esta tarea y a su familia.

En medio de esta experiencia llegó una nueva oferta laboral por parte de la universidad de Maryland, Estados Unidos. A través de videollamadas imparte cursos de k’iche’ a estudiantes de licenciatura y al acabar las clases les imparte tutorías. Para ella, es una manera de incidir no solo en la preparación académica de los jóvenes sino también en las personas con las que tratarán en lo profesional. Una de sus alumnas, por ejemplo, trabaja en un centro de asistencia para migrantes irregulares y aprender el idioma le permite comprender a quienes no hablan español.

“Mis tías nos enseñaron cómo las mujeres pueden con todo. Ser madre no es impedimento para tener una vida profesional y viceversa. Pparticipar en la comunidad permite dar el ejemplo a quienes vendrán después”, sostiene Can.

Candelaria Chay, sonríe al recordar cómo inició esta historia. “Ser líderes nos permitió tener agua y demostrar nuestra capacidad. Quienes empezamos con esto somos abuelas ahora, pero nos alegra ver cómo nuestros nietos disfrutan de un vaso con agua gracias a nuestro esfuerzo”, concluye.

Te recordamos esta nota: El futuro de la gestión del agua en Sololá tiene rostro de mujer

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